domingo, 21 de octubre de 2012

NOSTALGIA



 Gracias día, azul, lumbre, viento.
Gracias sueño, noche, embrujo, silencio, gracias luna.
Gracias almendro, agua, luz, música.
Gracias a las uvas, a las cartas, a los camaradas, a las flores,
a la bicicleta que nunca tuve y que me hizo soñar.
Gracias a los pinos, verde, sombra, palabras, aromas.
Gracias, nube, recuerdos, barro, gracias perro, gracias vino, juegos, lilas, besos.
Gracias Julián, Chema, Emilio, gracias monte, Marga, Pedro, Boni, Juanan, Alfredo, Gabriel, María gracias.
Gracias sexo, miradas, manos, novias, gestos, lágrimas.
Gracias sed, mar, caricias, encinas, quietud, nieve.
Al baile gracias, a las abejas gracias, a la siesta, a los pájaros,
al tren, a los nogales, a las arrugas, al cine.
Gracias otoño, unicornio, gracias Sancho, gracias río, naranjas, higos, pereza.
A las sábanas limpias, al zompo, las rulajas y los santos, el tranco.
Embriaguez, sopor, humo, suavidad, pasiones.
Gracias a las cabras, a la absenta, las cuestas arriba, a los gatos.
Gracias a la escarcha, los sarmientos, a la compasión, a las tetas, natillas con canela.
Tormentas, nostalgias, libros
Gracias guitarra, burros, estrellas… gracias.

Hoy estoy más bien nostálgico. Y agradecido.

lunes, 15 de octubre de 2012

LAS GACHAS DE JULIÁN

    Cuando al Julianico le da el aberrunto no hay quien lo pare. El caso es que el domingo, todo decidido a cocinar unas gachas, pone la sartén en la lumbre y de la alcuza vierte casi medio litro de aceite.
     El Marcos (curioso, su nombre es Antonio pero es costumbre llamarle Marcos, no se la razón), que venía con la querencia de hacerlas él, algo disgustado le espeta -Ande vas con tanto aceite afilamazas que te van a salir pringás.
       -  Odooo… -contesta contrariado Julián-  cállate ya so metijoso, y acércame un trago vino que estoy transío.
     Ya que el aceite está caliente, demasiado caliente por el exceso de leña que ha echado a la lumbre, le endiña a la sartén unas tajaillas de hígado de cordero, las retuesta, de tal modo, que el aceite queda quasi negro y requemado, al retirar el hígado, pone el tocino, que tras unos minutos en el aceite y ya frito, lo aparta en un plato. Ni qué decir tiene que ha dejado parte de su grasa en el aceite y ahora el nivel líquido, más negro que el cerote, llega casi a la mitad de la sartén; fríe unos ajos y añade, sin tiento ni medida, un montón de harina de guijas al tiempo que refunfuña entre dientes una oración apenas perceptible, quizá pidiera a los dioses ayuda, y de seguido pone unas cucharás de pimentón picante. 
     - A ver cuanta harina echas que somos ocho, no nos vayamos a quedar con hambre- vuelve a replicar Marcos.
    - Déjame tranquilo hierveenseco y tráete más vino que a la redoma se le ve el culo.
      No es que Julián se haya bebido el vino, hemos sido los convidados que, expectantes  y en silencio apuramos la redoma acompañando unos trozos de guarra algo picantosa que invita al trago, sin dejar de observar los quehaceres culinarios del  cocinero improvisado, que mete con ganas el cucharón y remueve el  mejunje de oscuras pringues, harina y pimentón, al tiempo que se rasca ostensiblemente y sin pudor alguno, las algallotas. Pone más leña bajo la sartén y cuando mejor le parece, añade agua, deja hervir e incorpora las tajaíllas de hígado previamente machacadas, algo de sal y un poco de canela. Unos minutos más y por la superficie de las gachas humeantes comparecen la grasa y el pimentón, dándole un aspecto algo más  agradable, aunque sin llegar a parecer apetecibles. Julián retira la sartén del fuego y nos anima, repartiendo el pan, a comer. El hambre, la fresca mañana y los ánimos del cocinero, nos empujan, sin mucho entusiasmo, a probar a ver qué pasa; nos tememos una catástrofe. Alguna mirada  dubitativa, algún gesto vacilante, pero las navajas se abren y las primeras mojás de los más atrevidos van a la sartén. Entre sopas de gachas, vino y algunas risas, abarriendo y abarriendo el  fondo a la sartén se va viendo. Acompañan, para enmascarar el sabor de las grasientas gachas, unas guindillas en vinagre y el tocino frito. ¡¡ Increíble, asombroso… acabamos con ellas!!  Para  premiar al cocinero le tiramos las abarcas al tejao, modalidad ésta de manifestación de enfado y contrariedad, con gran cabreo de Luis, propietario del lugar, que pronostica alguna teja rota. De penitencia anduvo toda la mañana, descalzo, para la expiación de su pecado.  Doy fe de que, a los que comimos las gachas,  no nos  pasó nada.


     A eso del medio día dimos buena cuenta de un cordero. Éste sí, guisado como dios manda. He de manifestar que todos los presentes nos dejamos arrastrar, complacidos, por el pecado capital de la gula. 
     Ya anochecío el Julianico, ahíto, algo tolovero y agachetao se ausenta, va a lo que él llama enjalbegar la gorrinera o lo que es lo mismo a meter el chorizo en aceite.




domingo, 14 de octubre de 2012

HAIKU


Viento poniente,
un pino silencioso,
se balancea.

Tierra mojada,
el sol rompe las nubes,
color de tarde.


Sencillamente,
la vida se abre paso,
pese a nosotros.


miércoles, 3 de octubre de 2012

EL VINO


Hubo un hombre vizcaíno, por nombre llamado Juan,
Peor comedor de pan, que bebedor de buen vino,

Humilde de condición, y de baxos pensamientos,
                                                        Y de corta disposición, y de flaca complexión,
Pero de grandes alientos.
Fue devoto en demasía, especial de San Martín,
Y de los montes del Rin, y valles de malvasía,
Y con esta condición, aunque delicado y flaco,
Prometió con devoción, obediencia y religión,
Al poderoso dios Baco.
En la cual fue tan constante, que el fervor de la niñez
(creciendo con la vejez) iba con tino adelante.
Y con el fuego de amor, su rostro todo inflamado
de aquél divino licor, mudó su propia color,
de moreno a colorado.
Tuvo con esto a la par, una risica modosa
De Marta la piadosa, dispuesta para colar
Y de la continuación, del estrecho coladero
Hízosele en conclusión, sed perpetua en el pulmón
Y callos en el gargüero.
Por lo cual fue menester, sin que excusar se pudiese
Que siempre, siempre tuviese, por no morir qué beber
Pero junto al paladar, tuvo una esponja por vena
                                           Que acabada de mojar, se le tornaba a secar,
como el agua en el arena
de suerte que todavía, la sed se le acrecentaba,
Porque la que la mataba, eso mismo la encendía.
Y las ganas le crecían, como llamas en la fragua
Que se avivan y se crían, cuanto más, más la rocían
Los herreros con el agua.
Y con esta sed devota, hecha natural costumbre
No le era más una azumbre, que si bebiera una gota
Y el estar así embebido, en el beber de contino
Andaba tan aturdido, en corvado y sometido
Al espíritu del vino.
En fin su beber fue tal, que mil veces pereciera
Si Dios no le socorriera, con un amo liberal
Mas no bastando a la larga, renta, viña ni majuelo,
A matar la sed amarga, hubo de dar con la carga
Como dicen, en el suelo.
Mientras monedas había, que la bolsa lo bastaba
Con ella se remediaba, lo que la gana pedía.
Pero no pudiendo dar, fin a tan larga demanda.
A luego luego pagar, fue menester enviar,
Sus prendas a Peñaranda.
Las más parte de las cuales, por sus cuentas rematadas,
Y en un jarro sepultadas, quedaron por sus cabales,
Es lástima de decir, y mayor era de ver,
Que al tiempo de despedir, ojos que las vieron ir
 nunca las vieron volver.
Bebió calzas y jubones, y en veces ciertas espadas,
Camisas de otro labradas, bolsas, cintas y cordones.
Bebió gorras y puñal, y papa higo y sombrero,
Y el sayo que era el caudal.
Y en el axuar principal, que fue las botas y cuero.
En fin bebió sus alhajas, hasta no dejar ninguna,
Consumidas una a una, al olor de las tinajas,
Y demás de eso bebió, todo cuanto pudo haber
Hasta el cuero en que paró, que cosa no le quedó
sino el alma que beber.
Yendose pues a morir, porque el beber fallecía,
Y si siempre no bebía, era imposible vivir,
Arrimado a la pared hincó, en tierra los hinojos,
Por pedir a Dios merced.
Y dixo muerto de sed, llorándole entrambos ojos,
¡Oh, dios Baco poderoso, mira que bien te he servido,
Y no me eches en olvido, en trance tan peligroso,
Mira que muero por ti, y por seguir tu bandera,
Y haz siquiera por mí, si es fuerza morir aquí,
Que al menos de sed no muera.
Acabada esta oración, sin del lugar menearse,
Súbito sintió mudarse, en otra composición,
El corpezuelo se troca, aunque antes era bien chico,
 En otra cosa más poca, y la cara con la boca,
Se hicieron un rostrico.
Las piernas se le mudaron, en unas zanquitas chicas,
Los brazos en dos alicas, encima del asomaron,
Cobró mas el dolorido, dos cornecicos por cejas,
Por voz un cierto sonido, a manera de ruido.
Enojoso a las orejas.
En fin fue todo mudado, y en otro ser convertido,
Pero no mudó el sentido, solicitud y cuidado,
Que dándole entera y sana, inclinación y apetito,
Sin mudársele la gana, mudó la figura humana,
Y quedó hecho un mosquito.

Cristóbal de Castillejo (1490-1550) aunque monje, llevó una vida disoluta. Tuvo amoríos y un hijo natural,  pasó por dificultades económicas, ya que malgastó todos los beneficios y prebendas que sus cargos le proporcionaban. Viajando por toda Europa, perdió al cabo las esperanzas de regresar alguna vez a  España, como cuenta evocando un famoso romance "Tiempo es ya, Castillejo, / tiempo es de andar aquí".